Una vida de campesino, recuerda Eduardo Naranjo de la España de posguerra, en los años finales de la autarquía. A él, hijo de labradores nacido en Monesterio en 1944, le aguardaba el campo, la tierra. Era impensable entonces que un niño como él pudiera elegir una ocupación artística. Así que su caso-”una cuestión de vocación” que se manifestó en la infancia-dependió de la “fortuna, de la casualidad”.
TEXTO: Liborio Barrera
“Como le ocurrió a Caravaggio cuando Cimabue lo descubrió. Mi Cimabue fue Eduardo Acosta”, cuenta el artista extremeño. Acosta, un pintor de Villagarcía de la Torre y docente en Sevilla, pasaba temporadas en Campanario y descubrió algunos de los dibujos de Naranjo en 1957. Sorprendido por su calidad, “le dijo a mis padres que me veía un futuro de pintor. Y ahí empezó mi historia”.
La historia de Eduardo Naranjo, uno de los nombres relevantes de la cultura extremeña, uno de los más internacionales, siguió desde ese descubrimiento inicial los pasos de cualquier artista en cualquier tiempo: formación académica, viajes, definición de un estilo, exposiciones (colectivas, individuales), acogida crítica, cotización, reconocimientos.
El apoyo inicial del Ayuntamiento de Monesterio, que le concedió una ayuda de 5.000 pesetas, el aliento de Acosta y la propia disposición del incipiente pintor acabaron convenciendo a los padres, que “vieron que ese niño podía llegar a trascender el oficio de campesino y ser un artista, aunque entonces se decía que los artistas pasaban hambre”.
Sus estudios en la Escuela de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría de Sevilla (1960), donde descubrió a Murillo, “algún Velázquez”, a Zurbarán, y un año después en la Academia de San Fernando de Madrid, conformaron a un creador insatisfecho, a la busca de un trazo propio, que derivó (en pinturas, murales, grabados) en “un expresionismo colorista, neofigurativo” y más adelante en la abstracción.
París, después del 68
“Allí tomé contacto con el arte moderno. En los estudios que había hecho en España se llegaba hasta Picasso, ni siquiera entraba Miró. Después del impresionismo poco más había”. Un año después del Mayo del 68 en las calles de París, “los jóvenes creían aún que podían intervenir en los cambios del mundo”. Naranjo, que había sido becado por la firma Castellblanch, entró en la capital francesa en contacto con pintores, escritores, conoció de cerca los impresionistas, el arte de vanguardia. Pero tuvo “una reacción extraña. Pasé por un periodo de reflexión y volví de nuevo al realismo, a un realismo simple, con motivos rurales, de mi pueblo. Tomé una clara conciencia de que debía ser yo mismo. Sí, pintaba, hacía cosas bellas, disfrutaba; pero se confundía con lo que hacían otros jóvenes. Y el arte moderno tenía mucho de normas y estilos que había que seguir, y también una falta de autenticidad. De manera que volví a mi seno, a mí mismo. Y a partir de ahí he realizado una obra mía, sentida y sincera”.
De la oscuridad a la luz
De regreso a España, emergieron –“de mi subconsciente, impremeditadamente”– los motivos que dominaron sus cuadros durante más de una década: el mundo rural, el mundo onírico, de pesadilla, personajes del pasado, una especie de España en negro –de símbolos religiosos, con un ambiente de destrucción–. “Yo había sido una persona contenida, solitaria, introvertida, y a partir de ello había pintado. Quizá ahí se refleje una añoranza por el mundo perdido, a la manera de Proust, y el peso de las ausencias de gentes que conocí y que me afectaron. Ésa es una obra más compleja, más retorcida, asfixiante”. Expuso su primera muestra realista en 1972 (galería Loring de Madrid), ganó en 1974 el premio Luis de Morales de Badajoz con Sueños blancos. Intervino en exposiciones como Obras pequeñas de grandes maestros o El dibujo en el arte en la galería Kandinsky de Madrid en 1977, y en individuales como la de 1979 en la galería Biosca, también en Madrid. Un año después en Basilea. A mediados de la década de los 80 se produjo una mutación. En realidad, “una evolución –explica–. Me abrí a otros mundos, como muestro en El sueño con las musas, y derivé hacia una pintura más luminosa, que abarcaba la vida como es en sí. Poco a poco empecé a vivir más relajadamente, de un modo menos opresivo. Y esto se refleja en un artista sincero como yo. Fui experimentando hasta llegar al naturalismo de mi pintura actual”. Fueron los años del descubrimiento del mar, de Desnudo de hombre en el mar Menor (1984-1987), de Vista del mar en Santiago de la Rivera (1985), los de encargos para el teatro (La casa de Bernarda Alba, Hazme de la noche un cuento), para particulares –el extremeño Antonio Hernández Gil, que fue presidente de las Cortes–, los de los grabados de Poeta en Nueva York, de Lorca, los del reconocimiento –designación como académico de la Real Academia de las Artes y de las Letras de Extremadura, Medalla de Extremadura, inauguración de una calle con su nombre en Monesterio, académico de la Real Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría–, y como resumen la exposición retrospectiva de 1993 en el Centro de la Villa de Madrid, que pudo verse en Cáceres y Badajoz. En 2002 volvió a condensar su vida pictórica en otra exposición antológica de 128 obras. El artista que hoy pisa disciplinadamente su estudio madrileño es ése, reposado, tranquilo que en sus obras recientes dialoga con sus maestros: una Tauromaquia, en la que ha tenido en cuenta a Goya y la tradición pictórica, porque Naranjo no es muy taurino. O el que vuelve la mirada a su pueblo –“Nunca he perdido el contacto con Extremadura, porque el hombre es recuerdo, no un recuerdo añorante sino de lo que es, de lo que empezó a ser en ese lugar”– y pinta dos cuadros que parecen a la vez rurales y urbanos: paredes blancas traseras de una vivienda, antenas de televisión en el horizonte, un cielo de amanecida. O el que anuncia una próxima exposición en China posiblemente con Antonio López y un alumno chino de éste…
El artista por sí mismo
Y como el contemplativo que es, él mismo en el cuadro. Desde los 18 años, cuando se pintó por primera vez, “todo vitalidad y juventud” –aún conserva ese dibujo– hasta la última mirada este mismo verano, Naranjo ha ido plasmando su cuerpo o fragmentos de su cuerpo –una mano, un pie–, o usándose como fondo o personaje del cuadro. “Lo han hecho pintores como Goya o Rembrandt. Y bueno, uno es el modelo que tiene más a mano. Y hay en esa decisión como un deseo de conocerse, de contemplar en uno la huella del tiempo, de manera que me he visto envejecer pintándome.” En alguna ocasión escandalosamente, dice recordando con una sonrisa Yo pintando en julio el cráneo de un perro (1985-1991), en el que aparece desnudo. “Tal vez hay algo de narcisismo, sí; pero la composición me lo pedía.” “Es –concluye– una experiencia fascinante verse madurar, cómo tu cara juvenil, que no significa nada, solo juventud, cambia y se va cargando de vivencias.”