Por: Anatxu Zabalbeascoa
Llegar tarde tiene sus ventajas. Perder trenes también. Mientras contemplas cómo se alejan los vagones, puedes sentarte a observar lo que sucede con el tren. La arquitectura extremeña reciente ha llegado tarde. Y ha salido ganando. Esa gracia nacida de una desgracia se percibe ante muchos de los nuevos edificios levantados en la región. Extremadura, lejana y poco poblada, tiene un historial de retrasos: la industrialización o la densificación, que ahora, paradójicamente, la ponen a la cabeza de un nuevo tipo de arquitectura: la que aboga por el fin del espectáculo.
Llegar tarde a la moda de los encargos a arquitectos famosos ha permitido a las ciudades extremeñas mantener parajes intocables, salvar carreteras, proteger un paisaje que respira un poso de siglos y congelar la escala de muchos pueblos cosidos al lugar. Llegar tarde ha hecho posible que esta región fuera testigo de cuanto ocurría en otras regiones. Y ha permitido aprender de esos errores ajenos.
Lejos de tratar de levantar un Guggenheim local, la arquitectura contemporánea extremeña ha apostado por construir a la manera del lugar: con materiales nobles y sólidos, más cercanos a la cantera que a la industria. En esa línea clásica y eterna de recuperar el ladrillo de las termas romanas, el ya legendario Museo de Arte Romano de Mérida catapultó, en los ochenta, a Rafael Moneo a la fama internacional. Pero, más recientemente, el Palacio de Congresos de esa ciudad, de Fuensanta Nieto y Enrique Sobejano, habla ese mismo idioma de asentamiento, rotundidad y discreción. Varado frente al Guadiana, entre el Puente del V Centenario y el de Hierro, parece que siempre ha estado allí. Esa misma relación con el lugar, a través de los materiales nobles y las geometrías sólidas, se da en los dos futuros proyectos cacereños de los madrileños Emilio Tuñón y Luis Moreno Mansilla. Su Fundación Helga de Alvear, en la calle Pizarro, será un ejemplo de convivencia entre patrimonio y vanguardia. Lo mismo ocurrirá con el Relais & Châteaux que los dueños de Atrio han encargado a estos proyectistas con el Premio Mies van der Rohe a la mejor arquitectura europea, en la plaza de San Mateo. La apuesta es por la calidad. Nunca por el espectáculo que, unavez vista la función, termina por aburrir. Ambos proyectos cacereños no son sólo inmuebles. Son inversiones turísticas, una apuesta por el turismo culto: generarán tantas visitas como los dos edificios, el MUSAC y el Auditorio, que los mismos proyectistas levantaron en León hace unos años.
Arquitectónicamente, Extremadura está más cerca de Portugal que de Holanda. Y eso se notará en los nuevos edificios dentro de unas décadas, cuando éstos sufran la dura prueba del paso tiempo. Donde los lusos trabajan con canteros y granito, los holandeses lo hacen con chapa de aluminio y soldadores. El mantenimiento de los materiales nobles es poco, y ese poco contribuye al asentamiento de los edificios. Tal vez por eso, en Extremadura la elección ha sido clásica: arquitectos y autoridades han sabido valorar su pasado y proyectar edificios aprendiendo de esa historia.
Pero hay futuro. Y apuestas. En ese lado vanguardista, Extremadura parece haber seguido el consejo de Lampedusa: “para que todo siga como hasta ahora algo debe de cambiar”. Y los cambios han llegado de la manera más sensata: de la mano de lo que no existía. Así, para proyectar su futuro, algunas ciudades han buscado vuelos ligeros y la osadía de algunos de los proyectistas españoles con mayor futuro. De la mano de José Selgas y Lucía Cano, Badajoz ha logrado uno de los inmuebles más reales que se pueden construir. Asentado en un lugar que no niega (la antigua plaza de toros, escenario de uno de los episodios más crueles de la Guerra Civil española), el nuevo auditorio no oculta el pasado, tampoco lo dulcifica. Invita a superarlo. ¿Cómo? Con un lenguaje actual de materiales ligeros y luminosos. Y con ideas, como hundir el acceso o envolver el edificio en una membrana de efte, que juega a hacerlo desaparecer y a forzar su reaparición iluminado, cuando llega la noche. El Palacio de Congresos de Badajoz emana respeto y futuro, discreción y osadía. Sin duda es uno de los edificios más admirables de los últimos cinco años. Sus autores dejaron ver tras ese trabajo el futuro que tenían por delante. Milimétricamente diseñado, ese Palacio de Congresos demuestra, además, que con poco presupuesto se puede decir mucho. Y ese gesto es otra de las marcas de la casa en la arquitectura extremeña.
Lo sabe bien uno de los arquitectos locales más rompedores: Justo García Rubio. Su estación de autobuses para el Casar de Cáceres dio la vuelta al mundo. El nuevo monumento estaba hecho con basto hormigón y cálculos de ingeniero. El bucle de García parecía liviano. Como los mejores proyectistas, consiguió que un pesado edificio levantara el vuelo. Pero hay más talento volador. La última Bienal de arquitectura española eligió finalista el anillo flotante de José María Sánchez García, una pieza de land art, con uso como centro de tecnificación de actividades deportivas. Junto al embalse de Gabriel y Galán, el edificio es a la vez mirador e icono. Abre la puerta a una nueva arquitectura ligera, capaz de caminar de puntillas para no alterar el paisaje.
Convivencia pacífica, puentes de Calatrava y el puente de Alcántara. La armonía, más que el contraste, es la clave en la nueva arquitectura extremeña. Y el mensaje es rotundo: ni se necesita romper nada para hablar claro ni sería lógico no aprender de aquello que deseas conservar.
Anatxu Zabalbeascoa, autora de numerosos libros y vinculada a Extremadura desde hace más de una década, ejerce la crítica de arquitectura, interiorismo y tendencias en el diario El País, entre otros muchos medios internacionales.
