Texto: Jesús Sánchez Adalid
Los tres salieron de la casa, emprendieron la angosta calle que ascendía y llegaron al gran espacio despejado de la Plaza Mayor, donde se alzaban los grandiosos palacios de piedra bellamente ornamentados con blasones y hermosas rejerías. Cruzaron los soportales y se abrieron paso entre los tenderetes que comenzaban a extenderse sobre las frescas losas. El acceso a las callejuelas laterales estaba cerrado con vallas de troncos, a causa de los toros que habían de lancearse por la tarde, con motivo de la fiesta; de manera que tuvieron que ascender por las escalinatas que conducían al barrio alto. En uno de los rellanos, Magdalena y Josefa se vieron obligadas a detenerse para recobrar el resuello; abrieron sus abanicos y se dieron aire. El sol lo llenaba ya todo, dominando desde la altura la inmensa villa, destacando banderas y pendones sobre los tejados y tapices que colgaban de los balcones. Bandadas de palomas, espantadas por el encendido toque de las campanas, surcaban los cielos e iban a perderse a los campos secos, más allá de las torres y murallas.
El jesuita caminaba delante, decidido, y daba la impresión de que la empinada cuesta resultaba insignificante para sus largas extremidades. La madre y la criada, en cambio, iban sudorosas y jadeantes, detrás, a cincuenta pasos de él.
-Claro, por eso no tenía prisa -observó la madre con voz entrecortada-.
¡Espéranos, hijo!
-No, no puedo pararme -contestó él-; que tengo que llegar a tiempo para revestirme.
Cuando el jesuita llegó a la plazoleta de Santa María, los clérigos se arremolinaban ya a la entrada, ordenándose según la rígida jerarquía: arcipreste, párrocos, tenientes curas, beneficiarios enteros, medios beneficiarios, administradores, mayordomos y capellanes; en total, más de sesenta sacerdotes, además de diáconos, subdiáconos,
acólitos, cantores y músicos. Demasiado personal para la minúscula plaza donde se alzaba la iglesia, por lo que el apretujamiento era inevitable. Por otra parte, al otro lado del templo iban ya congregándose las autoridades mayores, miembros del concejo, regidores, jueces y demás oficiales del municipio; pues dentro de la nave de la iglesia se congregaba la nobleza ocupando sus bancos.
Por riguroso orden de participación en el desfile procesional, los clérigos fueron revistiéndose con sus casullas, dalmáticas, cogullas, capas pluviales y roquetes. También se hizo el reparto de los faroles, cirios, estandartes, varas de mando y demás distinciones y símbolos que habían de portar las autoridades.
Ayudado por el sacristán, Enrique se echó encima la pesada capa bordada que le correspondía y después paseó la mirada en derredor. A lo lejos, en una esquina, divisó a su madre haciéndole señas y le correspondió con un poco entusiasmado movimiento de cabeza.
Trujillo celebraba anualmente esta procesión, el día 15 de agosto, en honor de la Virgen de la Victoria para recordar su protección sobre las armas cristianas cuando la villa fue definitivamente reconquistada del poder de los musulmanes. Clérigos, autoridades, nobleza y pueblo iban solemnemente hasta la fortaleza para oír misa Mayor y venerar la imagen de la Virgen. Después, el cortejo descendía hasta la plaza y allí se representaba un auto sacramental, al uso de la época, que hacía la delicia del gentío.
Finalizada la misa, la imagen de la Virgen de la Victoria, puesta en andas, fue llevada de nuevo en procesión, esta vez cuesta abajo, hasta un lugar elevado desde donde se divisaba la inmensa extensión de la plaza Mayor trujillana, en la cual se encontraba congregada una muchedumbre. Los alguaciles abrieron paso y, por una de las calles que ascendían desde el barrio bajo, comenzó a llegar la compañía de danzantes provistos de sus máscaras y atavíos para representar el auto sacramental. Al verlos aparecer, la gente prorrumpió en aplausos y un denso murmullo de entusiasmo se elevó desde todas partes.
Entonces sonó la melodía de tamboriles, dulzainas y flautas que estaba destinada a advertir del principio de la danza y entraron en escena los demonios, los cuales arrancaron el despavorido griterío de los niños. Delante iba un altanero diablo cabalgando, todo vestido de rojo, que hacía estallar sonoramente un largo látigo de cuero trenzado; a su alrededor, otros diablos menores arrojaban fuegos por la boca merced a un inflamable líquido que expelían e incendiaban con antorchas. Detrás de ellos, aparecían muchos danzantes vestidos de moros que hacían gran bullicio y estruendo. También fueron llegando judíos, locos, herejes y, finalmente, una representación alegórica de los siete pecados capitales.
Desde un improvisado púlpito, situado en un extremo de la plaza, un predicador se desgañitó lanzando encendidas loas a la Virgen, a Cristo redentor, al Espíritu Santo y a la fe que puede más que todos los enemigos del alma. Un nuevo aplauso y una entusiasmada ovación del pueblo le contestaron. En ese momento, entraron en escena danzantes vestidos de caballeros, peregrinos, frailes e inquisidores y pusieron en fuga a golpe de mamporros a los diablos, moros, judíos, herejes, y pecadores. De nuevo el público aplaudió enardecido. Y, una vez limpia la plaza de enemigos de Iglesia, se hizo una danza en honor de la Virgen, en la que participaron segadores, pastores y artesanos haciendo gala de sus oficios. Finalmente, desde otra de las calles entró una fila de indios, semidesnudos, que fueron conducidos al pilón del centro de la plaza donde se hizo como si se bautizaran, yendo después a hincarse de rodillas a los pies de la imagen de la Virgen. Esto último maravilló al gentío.
Terminado el auto sacramental, todo el mundo se dispersó pues el calor era grande ya a esa hora del mediodía. Los clérigos regresaron ordenadamente a la plaza de Santa María y se desprendieron de los pesados y lujosos ropajes de ceremonia que los sacristanes se encargaron de colocar en sus perchas para llevarlos a las sacristías.
-Bien, Ique -le propuso don Florencio al joven jesuita-, vamos al palacio
de los Orellana, que don Juan da un refrigerio allí al clero.
-Lo que mande vuestra paternidad.
-Pues andando.
Don Florencio era un hombre vivaracho, a pesar de su edad. No podía decirse que fuera uno de esos clérigos instruidos, aunque hubiera llegado a párroco de San Andrés, pero una aguda inteligencia y un especial tacto para tratar a los potentados le habían facilitado siempre las cosas. Por el camino, como era su costumbre, aprovechó para aconsejar a Enrique:
-Es bueno que te vea don Juan Orellana. Ya sabes lo dispuesto que es para ayudar a los curas.
-Y para conseguir que éstos anden según sus antojos -repuso el jesuita.
-¡Ique, hijo, no seas tan suspicaz! ¡Qué sería de la Iglesia sin varones
tan piadosos y generosos como don Juan Orellana de Torres! ¿Quién te crees que ha pagado a los danzantes del auto sacramental?
Doscientos mil maravedíes ha costado la compañía esa de danzantes.
-¡Qué barbaridad! -exclamó el jesuita meneando la cabeza-. ¡La de cosas que se podían hacer con ese dineral!
-¿Cosas? ¿Qué cosas?
-Qué sé yo… Socorrer a los pobres, asistir a obras de beneficencia…
-Anda, anda, Ique, no seas tan ingenuo. Pobres ha de haber siempre; pero la propagación de la fe es ahora más necesaria que nunca. El pueblo anda perdido, hijo. Es necesario removerlos en sus almas. Y, ya los has visto, los autos sacramentales les entusiasman y les llenan de devoción…
-Más diversión que devoción -repuso Enrique.
-Sí, sí -asintió don Florencio-, pero ¿qué hay de malo en ello? El pueblo
es así; una de cal y otra de arena.
-Lo siento, don Florencio, pero sigo sin verle la utilidad a esos grandiosos
actos de multitudes. La fe debe ser otra cosa.
-¿Otra cosa? ¿Qué cosa? -se detuvo el anciano sacerdote, y extrajo un gran pañolón arrugado con el que se estuvo secando el sudor de la frente.
-Obras, don Florencio, buenas obras -respondió Enrique con una sonrisa-.
¿Por qué me lo pregunta, si lo sabe de sobra vuestra paternidad?
-Obras, obras, claro -refunfuñó don Florencio-; pero si no hay fe primero…
Estando en esta conversación, llegaron al palacio de los Orellana. La fachada de este caserón trujillano mostraba el estilo austero de la villa, con sillarejos bien cortados, pulidos, sobre los que destacaban las piedras armeras con los blasones de los linajes emparentados a conveniencia, las bellas ventanas con forjados hierros y un amplio balcón sobre el que corría un tejaroz. Atravesaron el arco de entrada y penetraron en el fresco patio claustrado con columnas en el inferior y el alto. Abajo se encontraban dispuestos unos alargados tableros con jarras de vino, platos repletos de almendras fritas, aceitunas y rodajas de embutido, de la que daban cuenta gozosos un buen número de clérigos. Arriba, asomadas a una hermosa balaustrada, un grupo de elegantes damas parecían divertidas contemplando el espectáculo. También había caballeros, regidores y escribientes del municipio, bajo las galerías.
