Textos: Luis Sáez Delgado
“¿No habéis vuelto a recorrer alguna vez, al cabo de veinte, de treinta, de cuarenta años, las estancias que correteasteis en vuestra niñez? Os aseguro que una emoción profunda teñida de una suave, de una dulce nostalgia, embarga el espíritu.” El autor de estas palabras ha realizado el viaje de la historia reciente de Extremadura en compañía de una etiqueta cierta y un poco lesiva: Fernando Pérez Marqués ha sido un intelectual clásico.
Esa cercanía constante no le beneficia a menos que entendamos la condición de intelectual como un oficio muy moderno, que sólo se puede haber ejercido en el siglo XX, un ministerio que alcanza a quienes desde el mundo de la cultura participan en la sociedad de su tiempo con ánimo de influir, los que escriben en la certeza de que su obra es necesaria, porque propone -enseña- un criterio y una forma de actuar; aquellos convencidos de que la literatura no debe ser la única expresión de su inquietud. Sólo en este sentido debemos considerar a Fernando Pérez Marqués un intelectual clásico, una de las referencias del ensayo literario como género, un hombre de letras a la altura de su tiempo y de nuestra sensibilidad.
Fernando Pérez Marqués (1919-1993) nace en San Vicente de Alcántara, hijo del jefe de la estafeta postal -con lo que tiene de institución europea, civilizada- y en una familia con antecedentes casi novelescos. Estudia magisterio, vive el interludio terrible de la guerra y, ya en ejercicio, itinera por diferentes destinos que le llevan a Granja de Torrehermosa, Santa Marta de los Barros -acaso el centro de su mundo- y Badajoz. En 1942 publica su primer artículo y comienza una vida pública de maestro y escritor ajustado al molde de la tradición liberal española, la que se iniciaba con la Institución Libre de Enseñanza y había culminado en la escuela de la República. Esos valores se desarrollan en las aulas de Fernando Pérez Marqués bajo la especie de excursiones, visitas arqueológicas, obras de teatro, lectura en una biblioteca circulante y atención a la tutoría, una tarea que le fue reconocida con la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio y la memoria de generaciones de alumnos.
Al tiempo, el ciudadano inquieto toma parte en las instituciones que mantenían un reflejo de su origen reformista, como la Real Sociedad Económica de Amigos del País, o las que será preciso crear, como la cooperativa Santa Marta Virgen, en Santa Marta de los Barros -suyo será el nombre del más popular de esos vinos, el Blasón del Turra-. Y, por supuesto, la prensa con la que colabora durante años, tanto en los diarios HOY y ABC como en infinidad de publicaciones periódicas, entre las que destacará su presencia en la Revista de Estudios Extremeños, Alor o Alminar. Lo ha señalado Miguel Ángel Lama -al tiempo que realizaba el inventario de sus artículos desde 1942 hasta 1993-, para quien la vocación literaria más cierta de nuestro autor se encuentra en el género del artículo.
“Fernando Pérez Marqués había elegido una tradición contemporánea, que no puede entenderse sin los libros que publica”
Vuelve, otra vez, el intelectual: los artículos han sido el vehículo esencial de las ideas, la fórmula que permitía un ejercicio militante de la literatura. Fernando Pérez Marqués había elegido una tradición contemporánea, que no puede entenderse sin los libros que publica: De Extremadura. Cuatro esquinas de atención (1980, reeditado en 2009); El alcornoque y el corcho, con Celestina Pérez González (1982, reeditado en 1996); Espejo literario de Extremadura (1992); la reunión de artículos que aparece tras su muerte, las Postales de andar extremeño (1995, con selecciones reeditadas en 2004 y 2008) y Con cien ojos al Guadiana, junto a Isabel Mª Pérez González (1996).
En este rumor incesante de trabajo, familia y actividad se desarrolla un proyecto casi inabarcable en el que los textos mayores, los artículos y esbozos componen una constelación que gira alrededor de un puñado de temas, que llevan una y otra vez a la preocupación por Extremadura, pero que siempre la trascienden y encuentran el tono universal que hoy preferimos; en las palabras de Fernando Pérez Fernández: la voz particular de los paisajes cercanos; la voluntad humana y el tiempo, leídos a través de las diversas señales del mutuo enfrentamiento; una suerte de aura que destilaría aquel equilibrio dichoso del cual dimos noticias al comienzo… el alma paulatina de los sitios. Modos que rodean su obra de una premonición de la modernidad que vive Extremadura en las últimas décadas del siglo.
“En 1942 publica su primer artículo y comienza una vida pública de maestro y escritor ajustado al molde de la tradición liberal española, la que se iniciaba con la Institución Libre de Enseñanza y había culminado en la escuela de la República”
Esta condición permite que Fernando Pérez Marqués pueda ser leído hoy con tanto interés como en su momento. Su actualidad o, mejor dicho, su permanencia -una sombra del héroe de nuestros días- tiene que ver con una obra escrita a partir del discurso de lo fragmentario, desde la atención universal a lo más cercano, en la que el autor se ha hecho ficción y su voz llega como la de un sujeto que alterna y confunde relato y biografía; si Fernando Pérez Marqués aprendió el uso de estas herramientas en alguno de sus autores más queridos, como Azorín, sobre todo, o Miró, o la generación del novecientos, lo cierto es que supo aplicarlos con una oportunidad que nos fascina.
Ocurre, por ejemplo, en las Postales de andar extremeño, herederas de la tradición andariega de nuestras letras, casi nuestra única literatura de viajes, tan del 98 como de los hijos pródigos de la posguerra: en esas postales está tanto el caminante como el flâneur que construye su propio personaje, perdido en los textos fronterizos, en la prosa sin género que es también una vanguardia, y en las antípodas del regionalismo testimonial de esos años.
Por eso no es extraño que sobre Fernando Pérez Marqués hayan escrito tantos y tanto: en primer lugar, sus hijos Fernando Tomás, Isabel y Celestina, y muchos escritores contemporáneos suyos y nuestros; no es extraño porque el lector que cierre cualquiera de sus textos lo hace con el deseo de continuar esa conversación sosegada, la que mantiene con un hombre para el que se ajusta tan bien la definición de clásico de Italo Calvino, muchas veces repetida, y que vuelve a Fernando Pérez Marqués un autor sobre el que siempre queda algo por decir.
