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TEXTO: J.R. Alonso de la Torre

El camarero de la vinoteca Oquendo de Cáceres es vasco y es bonachón. Cuando le preguntan que si, además, es de Bilbao, él responde: “No, Bilbao es mío”. Un extremeño nunca reaccionaría así si le preguntaran por sus orígenes. Un extremeño respondería sólo que sí y lo haría con cierta timidez, como esperando un inmediato reproche por ser de donde es.

¿Será complejo, será falta de señas de identidad, será carencia de orgullo? Bastan un par de conversaciones, algunas lecturas, cierta reflexión para deducir que no, que es bastante más complicado, que no practicamos la jactancia identitaria, pero sí poseemos un orgullo colectivo de pertenencia.

Durante años, hemos utilizado la inmensidad como marca y argumento: ya que no podíamos presumir de ricos, al menos presumíamos de tamaño. Así, fuimos llenando nuestro imaginario de comparaciones consoladoras: Extremadura es más grande que el Benelux y una vez y media más grande que Galicia; somos la región española con más kilómetros de costa; Badajoz es la provincia más grande de España, Cáceres, la segunda, y el término municipal cacereño es el más extenso del país…

Pero seguían faltándonos argumentos sólidos. O mejor, los teníamos, pero no los encontrábamos porque, en el fondo, la cuestión identitaria nos daba lo mismo. Y por ahí se va haciendo la luz: los extremeños tenemos orgullo de pertenencia, claro que sí, pero que nadie nos pida que presumamos de ello ni que utilicemos nuestras particularidades como armas arrojadizas.

Ahí tenemos de nuevo el caso de nuestra inmensidad. En 1860, el viajero inglés Henry O’Shea visitó la región y escribió que los pueblos extremeños “eran como los días felices: pocos y alejados entre sí”. Por esas fechas, otros dos ingleses, Abel Chapman y Walter J. Buck, hicieron su pertinente viaje romántico por Extremadura y la compararon con el África de los Boers. La situación sigue siendo parecida: 40.000 kilómetros cuadrados, poco más de un millón de habitantes, es decir, la tasa demográfica más baja del país y la dispersión más exagerada. Eso es una seña de identidad, que hábilmente manejada como argumento político puede dar réditos. Pero no se ha utilizado exageradamente porque los extremeños no sabemos llorar para conseguir, no nos gusta. El refrán gallego “O que non chora, non mama” en Extremadura no encuentra adeptos.

Estamos tan acostumbrados a la austeridad: tener lo justo para vivir nos reconforta, y si empezamos a ganar más dinero de la cuenta, sentimos una desazón muy cristiana: no puede ser que nos vaya bien sin sufrir, seguro que a la vuelta de la esquina acecha el castigo. Cuando a los profesores de la región se les propuso dar clase por las tardes ganando más dinero, lo rechazaron con el argumento de que dar clase por ganar más dinero era una vileza. Desde hace 500 años, tenemos claro que ganar dinero es cosa de judíos y luteranos, y si empezamos a enriquecernos, corremos a confesarnos porque algo malo habremos hecho, seguro.

Con esos principios marcados indeleblemente en nuestro imaginario colectivo, es natural que miremos con desconfianza cualquier atisbo de promoción identitaria. Tenemos las nieblas más románticas y turísticas de la Península Ibérica y la mayor riqueza ornitológica de Europa, pero a quien promociona estos valores lo contemplamos con asombro: las nieblas y los pájaros siempre estuvieron ahí y nunca los necesitamos para sentirnos más extremeños. Tenemos la segunda cabaña equina de España (40.000 cabezas), nuestros antepasados vetones formaron la caballería romana, los caballos protagonizan nuestras fiestas, y el corcel soberbio y orgulloso es nuestro verdadero animal totémico, el que mueve pasiones y emociones. Pero eso es sólo para nosotros. Fuera de Extremadura, nos identifican con el cerdo o la cabra y nos da lo mismo. Allá ellos. Lo que nos importa es lo nuestro, no lo que los demás piensen de nosotros. Es más, en el siglo XXI, ya ni siquiera recurrimos a la añagaza infantil de presumir de tamaño: ahora que todo el mundo se cree sus singularidades y las destaca, nosotros no necesitamos vanagloriarnos de nada.

El caso de la Virgen de Guadalupe es paradigmático. La patrona de los extremeños es un icono fundamental en la región. Es lógico: Extremadura venera a sus vírgenes con exaltación desmesurada. En la región hay 247 ermitas rurales en 184 pueblos y otros 243 templos puestos bajo la advocación de la Virgen María. Sin embargo, la Virgen primera, la de Guadalupe, la patrona, pertenece a la diócesis de Toledo. En cualquier región con identidad agresiva, esto sería impensable y hace años que se habría solucionado esta contradicción. Aquí es un problema menor. Sólo ahora se ha puesto el tema con fuerza sobre la mesa por el impulso personal de media docena de extremeños, pero no parece que haya indignación masiva ni agravio colectivo insoportable. Se piensa como con todo: la Virgen está ahí, es nuestra y aquí no entablamos guerras por señas de identidad, aunque sean sagradas.

Se va dibujando así una Extremadura tranquila y sensata que no presume de orgullo de pertenencia, aunque existe; que no muestra sus señas de identidad como arma porque le parece estúpido; que no participa en ninguna carrera identitaria porque lo entiende ridículo. No es falta de autoestima, es que nos sobra normalidad.

Belén Baños es antropóloga con mucha obra científica publicada y mucho mundo recorrido. Da clases en la Universidad de Extremadura. Cuando se le pregunta por Extremadura, reconoce que en la región existe una identidad específica condicionada por el medio, pero a continuación aporta la clave de la idiosincrasia regional: “Nuestra identidad es precisamente cuestionarnos nuestra identidad”. Es así: la guapa no presume de guapa porque ya sabe que lo es, el rico no presume de rico porque asumió hace tiempo su riqueza. Sólo quien no tiene identidad o la busca artificialmente se aferra a ella, la recrea, la fuerza, la escupe como dardo belicoso.

Los pimientos de Espelette vascos y los pimientos de la Vera, la coca catalana y la perrunilla, la gaita gallega y el tamboril hurdano… En Extremadura no se concibe que se pueda construir una patria sobre un pimiento, sobre un tambor, sobre una perrunilla. En otros lugares, sí. Allá ellos, pensamos, pero que no agredan con estos símbolos-simpleza.
Somos tan tranquilos, tan seguros, tan sensatos, que callamos nuestro talento, lo disfrutamos en silencio. Pero eso no es humildad paralizante, sino una suerte de orgullo que nadie debiera menospreciar. Exportamos nuestro talento en silencio. A corto plazo, eso no da réditos porque hoy, lo que no es megafónico y mediático, no existe, pero a la larga, el talento acaba imponiéndose sobre la alharaca y la publicidad.

Veamos casos singulares. La plataforma Rayuela ha revolucionado la educación en Extremadura y se ha convertido en una referencia en otras partes del mundo, España incluida. Eso es talento exportado, pero calladamente. Más casos de identidad brillante que traspasa fronteras: nuestras 85.000 hectáreas de agricultura ecológica, cuya producción copa los mercados europeos, el supercomputador Lusitania, convertido en el tercer sistema de memoria compartida de España, esa escuela mundial de cirujanos llamada Centro de Cirugía de Mínima Invasión, el Centro Agroalimentario de Extremadura con sus gazpachos pasteurizados, sus aceites de licopeno, su caviar de vino, el Cenatic, único proyecto español en materia de software de fuentes abiertas y referente del software libre en el mundo…

Si siguiéramos señalando talento, estaríamos siendo lo que no somos: presumidos, superficiales, frívolos… Nuestro orgullo de pertenencia a Extremadura se basa en el reconocimiento del éxito sin caer en la complacencia. Es sabiduría vieja, sentido común, atención a lo esencial y desprecio de lo fatuo, lo fútil y lo veleidoso. En la radio hay un programa deportivo donde se anuncia profusamente un jamón que no es extremeño, pero se elabora a partir de cerdos de nuestra región. ¿Qué es más importante, la publicidad sin una base rigurosa o tener la Denominación de Origen más exigente en cuestión de jamones ibéricos?

La base del talento y del orgullo identitario es el rigor, el hacer las cosas bien, no las estadísticas, el alarde ni la jactancia. Puestos esos cimientos, ya se puede presumir si es imprescindible para vender. Pero para exportar talento, lo primero es tenerlo, lo de fanfarronear y vanagloriarse sin base no cuenta, es humo, polvo, sombra, nada… Las estadísticas ya no asustan, la inmensidad ya no consuela, la austeridad no es suficiente… Lo que importa hoy es el talento. A partir de él se puede empezar a crecer y a creer. Extremadura cambia, se enorgullece y lo tiene que contar.

-¿Oiga, es usted de Extremadura?
-No, Extremadura es mía.