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Por Iván de la Nuez

Por desviaciones estrictamente profesionales, mis primeras experiencias extremeñas comenzaron por el mundo del arte. No fueron, ni por asomo, aventuras originales, sino más bien obvias. Primero fue la invitación del Museo Extremeño e Iberoamericano de Arte Contemporáneo de Badajoz (MEIAC). Unos días después tuvo lugar mi visita al Museo Vostell Malpartida de Cáceres, donde me estrené en su conocida colección del Grupo Fluxus. Ambos certificaron mi ingreso en Extremadura y, todavía hoy, no he dejado de visitarlos en cada viaje posterior. En parte, porque aquella gentileza de entonces certificó de algún modo mi entrada en España a una escala desconocida (a mediados de los noventa llevaba pocos años viviendo en Barcelona, ocupado en la supervivencia, y ofrecer una conferencia junto a otros colegas a los que sólo conocía por sus trabajos me daba cierta carta de naturaleza como crítico aceptado en este país). Y en parte, por la contradictoria sensación que me deparan, siempre, esos museos. No hablo sólo de sus colecciones o sus proyectos temporales. Hay algo en ellos que los llena de misterio.

El MEIAC es una antigua cárcel. Su emplazamiento evoca las fotografías de Bleda y Rosa sobre edificios de otros tiempos -cuarteles militares, por ejemplo- y su diversa persistencia en el presente. O el proyecto donde Ana Teresa Ortega documenta cómo los antiguos espacios de represión de la Guerra Civil han acabado convertidos en lugares de ocio, museos de arte o simples descampados.

Es paradójico que una colección de Fluxus esté ubicada en ese paraje estático donde se encuentra el Museo Vostell Malpartida, junto a un lago. Es sabido que en un lago las cosas no fluyen. Todo movimiento parece quedar allí enclaustrado como un bucle infinito, un rito circular y claustrofóbico. Tal vez por eso los coches -esos tótems modernos del desplazamiento- sean “maltratados” en alguna serie de vídeos en el interior del museo: en esa pieza de los setenta donde varias mujeres desnudas dejan el sabor melancólico de un mundo más táctil, aunque muerto o ya envejecido. Una desnudez de otro tiempo, desde el que asoma un erotismo vintage.

Siendo yo cubano, no se me han escapado algunas conexiones “extremeñas” con mi país de origen. Como la presencia de los artistas José Bedia, Armando Mariño o Tania Bruguera en la colección del MEIAC. O la acogida reciente a una estrella de baloncesto -Geofrei Silvestre es su nombre- que estuvo a punto de estrenarse con la camiseta del Plasencia-Extremadura. O la actualizada presencia de Antonio Machín en el proyecto del Monty Jazz Ensemble, con su disco llamado, cómo no, Sabores de Machín, un tributo al intérprete de “Dos Gardenias”, que vivió en España durante más de tres décadas. No hace falta remarcar que, antes de lanzarse a la conquista de México, Hernán Cortés, ese extremeño que quemaba las naves, participó con Diego Velázquez en la conquista de Cuba y se estableció, incluso, en la primera villa fundada en la isla.

Así pues, metrópoli y colonia, república española y república cubana, franquismo y revolución, régimen comunista o democracia, han flotado por momentos en las diferentes veladas con mis anfitriones. Aunque más que todos esos conceptos, tantas veces vacíos, a mí me parecen más apropiados para poner en alerta mi perspectiva de turista feliz los títulos de Extremoduro en su último disco: “Lo de fuera”, “Lo de dentro”… Canciones que fui escuchando en un viaje por carretera de Hervás a Portugal.

De vuelta a Cáceres, llegó el turno de otras bandas: Sr. Chinarro, The New Raemon o La Bienquerida, sin olvidar la explosiva incursión del viejo Bambino, a punto para el aperitivo. Una banda sonora que unas veces se integraba en el paisaje y otras veces lo violentaba. Y que amplificó una experiencia de ida y vuelta, expandida y múltiple, a la que me gustaría llamar “trans-iberiana”.

Iván de la Nuez, ensayista, comisario de exposiciones y colaborador del diario El País, ha sido director del Centro de Imagen La Virreina de Barcelona hasta hace unas semanas, y actualmente trabaja como Director de Actividades Culturales del Centro de Cultura Contemporánea (CCCB) de la misma ciudad. Nació en Cuba.