ALEGRÍAS DE AKRAMÁM AL BALJI BEN AL CADÍ, Y ENCANTO DE SU ALMA, EL DÍA QUE REGRESÓ A BADAJOZ DE SU PEREGRINACIÓN A LA MECA.
Texto: Jesús Sánchez Adalid
Atardecía cuando llegué frente a los amados muros de mi ciudad. Me dolía todo el cuerpo, como si me hubieran apaleado. Venía desasosegado y abatido; pero hallé la calma cuando me encontré al fin en la orilla del Guadiana, contemplando el cielo anaranjado que se abría infinito delante de mis ojos cortejando las riveras y las frondosas alamedas. ¡Oh, Badajoz es maravilloso! La alcazaba descansaba serena en su loma, dorada por el último sol de la jornada, dejándose acariciar por la brisa suave de poniente. Yo añoraba la paz, y a punto estuve de soltar una carcajada, de pura felicidad, cuando las aves del río alzaron el vuelo a mis pies: ánades de bellos reflejos azulados, garzas cadenciosas y fugitivas gallinetas… ¡Qué prodigioso encanto se despliega entre los juncos! ¡Y cómo suspiré al contemplar los lirios junto al agua!
Los almuédanos estaban mudos, porque los hombres se hallaban ya en las frescas mezquitas orando. Oleadas de felicidad ascendían desde lo más hondo de mi alma cuando subía por la cuesta y cruzaba los sucesivos arcos. Allí, junto a unos enhiestos cipreses, en el rellano que forma una esquina del adarve brota una fresca fuente. ¡Qué agua tan dulce! Me detuve a beber como hice tantas veces cuando era niño, al regresar fatigado y sediento de mis correrías por la ciudad. Entonces unos mozos torpes no me reconocieron y, confundiéndome con un mendigo, me despreciaron y no me concedieron la precedencia que me correspondía.
A punto estuve de agarrar a alguno de ellos por el cuello y sacudirle un par de bofetadas. Pero, antes de que yo ofendiera al Omnipotente haciendo una locura, un capitán de la guardia de la puerta se dio cuenta y se puso encolerizado a darles voces a aquellos mocosos:
-¡Hijos de ramera! ¿Acaso no sabéis quién es ese hombre que se acerca a beber a la fuente? ¿No veis que es el hijo del Cadí que regresa de su peregrinación? ¡Alá os maldiga por haber tratado de mala manera a quien vuelve de su viaje desde la mismísima casa del Profeta!
Los insensatos jóvenes se llenaron de terror y les faltó tiempo para arrojarse a mis pies y para besármelos suplicando perdón.
Sacié mi sed y proseguí el ascenso, mientras los curiosos me rodeaban y me felicitaban efusivamente.
-¡Bienvenido a Badajoz! ¡Alá te bendiga! ¡El Misericordioso llegue contigo y nos llene de gracias! ¡El Compasivo inunde de dicha tu corazón!…
Mi padre estaba en el salón principal de la alcazaba y, como era su costumbre, se peinaba la barba con los dedos. Al ser ya corto de vista, tardó un buen rato en reconocerme; pues venía yo atezado por el sol de los caminos y con el pelo crecido y revuelto.
-El mundo es grande y ancho -dijo con lágrimas en los ojos y una distendida y cansina sonrisa en los labios-, pero infinitamente mayor es la bondad de Alá. ¡Hijo mío, ven a mis brazos!
Recordé en ese momento aquel día en que él regresó de la Meca, después de haber estado más de un año fuera de casa, cuando mis hermanos y yo éramos todavía pequeños y no entendíamos nada.
Acudieron después mis familiares, pródigos en besos y caricias. Todo el mundo sentíase feliz y yo parecía haber cruzado las puertas del paraíso.
Pero fue un rato después cuando hallé el colmo de la felicidad al tener al fin a mi “Bahari” sobre el puño. ¡Qué maravilla! Cómo no recordar entonces los ardientes versos del poeta de los poetas, Al-Qabturnuh el Joven, quien en los años del gran rey Al-Mutawakkil de Badajoz compuso aquel bello canto:
“¡Oh rey, cuyos poderes fueron tan altos y del más egregio rango!
Tú, que adornaste mi cuello con el collar de tus favores,
Grandes como aljófares y engarzados como perlas en el hilo,
Adorna ahora mi mano con un Halcón.
Hónrame con uno de limpias alas,
Cuyo plumaje se haya combado
En el viento del norte…
¡Con qué orgullo saldré con él al alba
Alzando mi mano al viento,
Para jugar con lo libre y con lo encadenado!”
Para un hombre que ha caminado durante meses por senderos de llanuras y montañas, a través de campiñas y bosques, para regresar a su ciudad después de una larga peregrinación desde los lugares santos del Profeta, encontrarse en su casa, entre los suyos, a salvo y en paz, resulta la mayor de las delicias. Sobre todo por haberse sentido durante semanas en medio de campos desolados, en los que ninguna frontera delimitaba los territorios de los musulmanes del de los infieles, salvo el profundo vacío de un paisaje donde toda actividad humana se había retirado desde hacía décadas. El alma se halla muy sola en medio de paisajes en cuyo horizonte no aparece un solo pueblo, un solo alminar…; sino únicamente ruinas y la mudez de los cementerios abandonados. ¡Cuán penoso es luego llegar a las zonas pobladas donde la gente se ha hecho hosca y desconfiada! Les pides apenas un trago de agua y te sueltan los perros… Día tras día caminando sin más alimento que alguna seca castaña, un puñado de higos o amargas hierbas de los huertos vírgenes, el cuerpo se hace liviano y amaga la muerte.
Pero, de nuevo, ¡ay mi Badajoz!, qué someras y verdes son tus orillas, qué frescas tus arboledas y qué alegres las voces de tus niños.
En la plaza cantan los buhoneros y recitan los charlatanes cada tarde, entre los humos de los tenderetes, el aroma de las comidas y el parloteo de los viajeros. El gentío bullanguero contenta el corazón tras el largo y triste silencio de los caminos lejanos. En una esquina, bajo los arcos, el dulce sonido de una flauta se enreda en las alturas de las galerías y asciende hacia los tejados. Sólo hay reserva tras las viejas celosías de los caserones. Quizá resplandece el brillo de los bellos ojos de una mujer, ocultos tras el velo de las ventanas. Pero ahora es la vida quien me sonríe. ¡Ya habrá tiempo para el amor!…
(Manuscrito núm. 632 de la biblioteca de los herederos de Çidi Hamouda en Constantina, que contiene dos obras históricas, de valor muy diferente; pues en los 221 folios primeros hay tradiciones tomadas de Alwakidi, o la misma obra del autor y la segunda parte, que consta de 130 folios, y de la cual sólo se conocía en Europa un tomo de la primera, que se conserva en la biblioteca de la Universidad de Oxford, y del cual se sacó copia hace pocos años para la Biblioteca Nacional de Madrid.)
