Texto: Luis Sáez Delgado
De todas las expresiones de afecto dirigidas al poeta, traductor y crítico extremeño Enrique Díez-Canedo tras su muerte, acaso sea la que le dedica Alfonso Reyes -su amigo Alfonso Reyes, figura esencial en la cultura mexicana- la que recoja con mayor sinceridad el estupor que causaba su ausencia: “era uno de los hombres más sabios y más buenos de nuestra época”.
En ocasiones, no se pueden decir las cosas de otro modo, si no es con esta inocencia que sale del corazón y siempre entendemos; por eso debemos disculpar que en muchos de estos testimonios haya algo de época, algo propio de las vanguardias de su tiempo, en la acumulación de verbos que tratan de recrear las virtudes del personaje. Así, para Max Aub, “supo, entendió, distinguió, conceptuó. Saboreó percibiendo, gustó paladeando, se regostó, penetró en los misterios”. Para León Felipe -que lo llamó “español pacífico y armónico”- “supo dirigir, clasificar, animar, censurar y purificar las voces mejores que cantaron a su lado”. En todos, queda la certeza de haber conocido a alguien único, hasta el punto de que Juan José Domenchina lamentara incluso que el recuerdo de su bondad hiciese olvidar su “talento de excepción”.
Y es que escribir sobre Enrique Díez-Canedo provoca entusiasmo, el mismo que despertaba su memoria entre tantos amigos que habían compartido con él algunas de las décadas más vigorosas del siglo XX español, las que comienzan con la crisis del 98 y se cierran bruscamente con el desastre de la guerra civil y el exilio: poco más de treinta años vividos por una generación que cambió España y en la que Enrique Díez-Canedo ejerció un magisterio singular. Sin embargo, es difícil ofrecer una imagen completa de Canedo: a poco que se atienda a su obra poética, a los artículos y colaboraciones, a la crítica teatral, a los libros de traducciones, a su labor educativa, a su ejercicio diplomático, a su presencia en las empresas culturales más destacadas del momento, quedará otra faceta en la sombra, porque se habrá iluminado sólo una de los muchos empeños que componen una vida como la suya, una de esas vidas sin tregua que sólo parecen posibles en otro tiempo.
Enrique Díez-Canedo Reixa nace en Badajoz en 1879, hijo de un técnico de aduanas, tarea que llevará a la familia a Valencia, Vigo, Port Bou, Barcelona y, finalmente, Madrid, donde inicia los estudios de derecho: su estancia breve en Extremadura es sin duda el reflejo de un periodo que arranca vertiginoso, el que consagrará la velocidad como objeto poético. En 1909 y hasta 1911 se traslada a París, donde profundiza en el conocimiento de la poesía francesa y de las corrientes literarias contemporáneas. Muy pronto su firma será frecuente en revistas y periódicos como El Sol, La pluma o la Revista de Occidente, y en publicaciones hispanoamericanas como La Nación. Son los años del desarrollo social y político de España, al que contribuye como colaborador de la Junta de Ampliación de Estudios, director de la Escuela Central de Idiomas y miembro de la Liga de Educación Política -la de Ortega y Gasset, Fernando de los Ríos y Azaña, su amigo-. Con la República, y tras una estancia en Montevideo, es nombrado embajador en Buenos Aires, destino que acepta como una muestra más de su compromiso ciudadano; ese mismo compromiso le hace regresar en 1937 para hacer bulto, como él mismo resume con una fórmula heroica y cotidiana de lealtad. Díez-Canedo, republicano y liberal, parece el símbolo de esa discutida tercera España que había transformado el país y supo el 18 de julio que, pasara lo que pasase, ya había perdido la guerra. Pese a todo, su actividad durante los meses de conflicto es intensa, y participa en Hora de España, en Madrid, y en el II Congreso Internacional de escritores para la defensa de la cultura.
En 1938, fatigado y entristecido, emprende el viaje a América y se instala en México como profesor; allí, transterrado tanto como exiliado su nombre está unido a la que fue Casa de España y pronto, con la dirección de Alfonso Reyes, la más prestigiosa institución académica del país, el Colegio de México. Aún le quedarán fuerzas para, entre otros trabajos, publicar volúmenes como La nueva poesía, El teatro y sus enemigos -rescatado muy recientemente en edición de Gregorio Torres Nebrera, con una excelente puesta al día biográfica- o Juan Ramón Jiménez en su obra, de 1944, que será el año de su muerte.
Esta actividad incesante se puede seguir de la mano de la poesía, su vocación primera, desde Versos de las horas en 1906, La visita del sol de 1907 o los Epigramas americanos, que aparecen en 1928 y más tarde ampliará en México, hasta El desterrado en 1940, junto al póstumo Jardinillos de Navidad y Año Nuevo: si los primeros poemas tienen la huella del modernismo de la época, poco a poco Díez-Canedo resulta un escritor inclasificable; a veces, será uno de nuestros simbolistas, otras, un poeta que oscila entre el romanticismo y el clasicismo, un autor de lectura sencilla y universo complejo. Esos libros de versos deben leerse junto a los volúmenes de traducciones, como Del cercado ajeno, que en 1908 incluye versiones del francés, portugués e inglés, Imágenes y, un poco más tarde, la Pequeña antología de poetas portugueses, que publica en 1926. Al tiempo, irán apareciendo los ensayos, La poesía francesa moderna en 1913, Los dioses en el Prado, de 1931, y muchos más hasta Letras de América, en 1944. Incluso tiene el humor de escribir una obra didáctica y cómica, Doña Gramática, junto a Pedro Salinas y Joaquín Casalduero, los tres en el exilio.
Considerada desde nuestros días, en la trayectoria de Díez-Canedo encontramos un halo de contemporaneidad que lo vuelve, con ventaja, una figura de referencia para Extremadura; Canedo, que comienza su vida intelectual en los años del regionalismo literario rampante, representa la otra cara de nuestra historia, la de una modernidad liberal, una versión en traje gris del hombre de acción de la época que se acompaña de los signos del presente con que hoy nos identificamos: traductor abierto a la más innovadora cultura europea, divulgador de la literatura portuguesa, huésped constante y definitivo de Hispanoamérica, protagonista de la sociedad civil que acompaña la universalización de la cultura española.
Díez-Canedo, que había iniciado su carrera como poeta con la Oración de los débiles al comenzar el año, muere en 1944, el día en que los aliados llegan a Normandía: meses antes, y también exiliado en América, el escritor austriaco Stefan Zweig se había quitado la vida, confesando que, superados los sesenta años y más impaciente, se adelantaba para ver el amanecer después de la larga noche que había provocado la guerra mundial. Enrique Díez-Canedo, algo más mayor, mantuvo la esperanza de esa victoria hasta el último día. En uno de sus Laureles reales de Cuernavaca lo dejó escrito: “Fue la noche magnífica”
