Texto: Toñi Escobero
“Yo era un chico normal, de los que juegan por las tardes al fútbol a la salida del colegio, y un día aquello dejó de ser un juego para convertirse en una profesión. Uno no sabe por qué ni cómo acaba dedicándose a esto”. César Sánchez Domínguez (Coria, 1971) explica así su aterrizaje en el fútbol profesional hace veinte años. Su sitio en el campo es la portería, y en estas dos décadas ha defendido las del Real Valladolid, el Real Madrid, el Zaragoza, el Tottenham Hotspur inglés y el Valencia Club de Fútbol, su equipo actual, con el que acaba de renovar contrato hasta junio de 2010.
En su caso ser portero fue simplemente cuestión de altura. Pasó accidentalmente de chutar la pelota a pararla, porque medía unos cuantos centímetros más que el resto de los chavales con los que solía improvisar partidos callejeros o escolares en su pueblo cacereño. Un día faltó el guardameta habitual y le tocó a él sustituirle. No se defendió demasiado mal con los guantes, así que ya no volvería a quitárselos. Con ellos y con Miguel Ángel o Arconada como referentes, se metió en liguillas del pueblo, que le llevarían primero a Palencia, después a las categorías juveniles del Valladolid y de ahí a la élite: la Primera División.
César, a secas, como se le conoce en el mundo deportivo, es hoy todo un veterano bajo los palos. Lleva 17 años en Primera División, 400 partidos disputados y casi 35.000 minutos de juego, y a pesar de todo mantiene “la misma ilusión” de sus inicios sin pensar aún en la retirada. “Mientras me encuentre bien físicamente y con ganas, seguiré ahí. Con esta edad sólo se puede pensar a corto plazo y en que soy un privilegiado por seguir jugando en un equipo como el Valencia.”
“Me he sentido querido en todos los campos, y desde luego el cariño de la gente es el mayor logro de todos. Los títulos son importantes, pero nunca tanto como el reconocimiento y apoyo de los aficionados”
Día a día, parada a parada, sin mirar demasiado al futuro, con más sueños que ambiciones, es como este futbolista extremeño ha ido sacando brillo a esa estrella suya no excesivamente deslumbradora, pero sí de luz constante. “He visto a gente con talento a mi lado que no ha conseguido llegar porque no ha trabajado lo suficiente, y es que se necesita una mezcla de las dos cosas: talento y trabajo”, reflexiona. La suya ha sido sobre todo una carrera de fondo, construida con grandes dosis de “ilusión” y “trabajo” y tantos minutos de juego como de banquillo. Y es que él se considera un simple “peón” en el “gigante tablero de ajedrez” que es el fútbol, un peón a ratos decisivo y a ratos vigilante, avanzando en el tablero o siendo sacrificado para que sean otros los que avancen. Así es el juego.
Cuando responde a las preguntas de Imagen de Extremadura acaba de terminar el entrenamiento
del día y está a punto de unirse al resto del equipo en la concentración previa al partido de la UEFA que disputará esa noche contra el Stabaek de Noruega. El Valencia conseguirá la clasificación para la siguiente ronda, pero él contempla el juego desde el banquillo. Es Moyà quien defiende la portería de Mestalla. Lo mismo ocurrirá tres días después, en el primer encuentro de liga contra el Sevilla. Los suyos volverán a ganar (0-2) sin su intervención directa.
Así ha sido muchas veces, pero es parte del fútbol. Ser titular en la liga de las estrellas no es fácil. Pero ser a veces el portero de las “paradas imposibles” o “el más completo”, como le han calificado alguna vez en los medios de comunicación, le ha allanado el terreno desde su debut en 1992 en el Valladolid, aunque precisamente se estrenara encajando un gol de penalti que marcó el entonces barcelonista Ronald Koeman.
“Nunca pude imaginar que un día iba a salir en los cromos. He sobrepasado mis sueños con creces, y ya sólo por eso me puedo sentir un privilegiado”
Sin embargo, aquella primera actuación de un veinteañero César, al que le metieron tres goles de los seis con los que el Valladolid perdió el encuentro, no pasó desapercibida. Tampoco las que le siguieron durante nueve temporadas en el equipo vallisoletano. Tenía 28 años cuando Vicente del Bosque lo reclamó para que vistiera la camiseta del Real Madrid, que no llegaría a lucir realmente hasta el 2000 al permanecer cedido un año más en el campo del José Zorrilla. Su llegada al Madrid le valió el reconocimiento de Extremadura con una mención especial de los Premios Extremeños del Deporte en 2001. Sin embargo, el banquillo madridista ya acogía por entonces a un primerizo, joven, canterano y mediático Iker Casillas, que acabaría por hacer sombra al extremeño y por arrebatarle la titularidad de la portería. Él siguió trabajando sin descanso y vistiendo su camiseta blanca a la espera de oportunidades, la mayoría de las veces limitadas a disputar partidos de Copa de Rey, donde además perdió dos finales.
En 2005 esa oportunidad le vino del Real Zaragoza, con el que le tocó vivir momentos “muy emocionantes” durante tres temporadas, pero también algunos amargos, como el descenso de categoría. Juande Ramos le ofrecería en el verano del 2008 la ocasión de probar la liga inglesa. Apenas seis meses después cambiaba el césped londinense del Tottenham por el del Valencia, reclamado por su experiencia en la liga española para sustituir al lesionado Renan Brito.
Y en la capital del Turia sigue todavía, compartiendo portería con Miguel Ángel Moyà, esperando nuevas oportunidades -quizás las que pudieran ser las últimas y derrochando sobre todo carisma, por el que siempre ha sido apreciado dentro y fuera del campo. No en vano para él lo más importante es la afición. “Me he sentido querido en todos los campos, y desde luego el cariño de la gente es el mayor logro de todos. Los títulos son importantes, pero nunca tanto como el reconocimiento y apoyo de los aficionados.”
Y títulos también ha habido. En su palmarés constan dos ligas españolas, una Copa de Europa, una Copa Intercontinental, dos Supercopas de España y una Supercopa de Europa. Todas con el Real Madrid, cuya portería defendió en 52 ocasiones. Dice que todavía no ha llegado la hora de hacer balance y, además, “es difícil resumir tanto tiempo, aunque uno siempre se queda con los buenos momentos, como salvar un partido en el último minuto”. De la mala suerte en su carrera, a veces por esa falta de juego prolongado, no habla. Sólo reconoce que se siente “afortunado”. “Para mí es un orgullo y una ilusión enorme haber salido de un pueblo y de una región que, desgraciadamente, tiene escaso peso en el panorama del fútbol, aunque haya dado hitos como Manolo o Gordillo”. Por eso aplaude la iniciativa de la Junta de Extremadura de recuperar la selección extremeña, “una forma de que los chavales se puedan dar cuenta de que pueden llegar hasta muy lejos y salir de una cantera regional”, ya que antaño “no pudimos” aprovechar las oportunidades de tener equipos en Primera División como el Extremadura o el Mérida.
La ausencia precisamente de un entorno deportivo favorable ha hecho de él un futbolista con los pies en la tierra, a pesar de la popularidad ocasional que regala el espectáculo del fútbol. Volver a su pueblo con su mujer, cauriense como él, y sus tres hijos, siempre que las competiciones se lo permiten, ha contribuido a mantener esa “normalidad” en su vida, y le gustaría volver a Extremadura algún día para quedarse. “El fútbol, a pesar del nivel de exigencia y la presión a la que estamos sometidos, tiene un halo de irrealidad, y yo me he empeñado en todos estos años en mantener una vida normal con mi familia”, confiesa. Por eso le ayuda volver a Coria para reencontrarse con los suyos, con los amigos de toda la vida, con los que se reúne en cualquier bar o en el pabellón polideportivo. “En el pueblo, vuelvo a ser yo, ese chico que se marchó con 16 años para jugar al fútbol.” Allí es muy popular, claro, pero asegura que no más quizás “que cualquier hijo de… o nieto de…”. “En Coria, todos somos famosos porque todos nos conocemos”, concluye.
Claro que esos otros vecinos no tienen club de fans (www.youtube.com/fansdecesar), ni tampoco su cara impresa en cromos coleccionables, algo que él considera la prueba de haber cumplido todos sus sueños. “Nunca pude imaginar que un día iba a salir en los cromos. He sobrepasado mis sueños con creces, y ya sólo por eso me puedo sentir un privilegiado.” Al fin y al cabo César no ha dejado de ser ese chico normal de pueblo que regateaba balones hasta que se dedicó a pararlos.
