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A comienzos de los años 80, recién estrenada la autonomía de la región extremeña, tuvo lugar en la universidad de Cáceres un encuentro de filósofos en torno a la figura del pensador alemán Martin Heidegger. Al mismo acudimos unos pocos recién licenciados de la universidad de Madrid, y los tres filósofos de referencia del panorama español: José Luis López Aranguren, Javier Muguerza y Emilio Lledó, y fue organizado por el recién nombrado catedrático de Filosofía de la universidad cacereña, Isidoro Reguera, que a su vez era el referente español del filósofo austriaco Ludwig Wittgenstein. Un poco raro todo para tratarse de los años 80, más raro aún para tratarse de Extremadura. La participación fue absolutamente excepcional no sólo por la masiva asistencia de los jóvenes, sino, y sobre todo, por su ardor y entusiasmo. Claro que a la perplejidad por el debate filosófico de las aulas, se sumaba la “marcha” de las noches extremeñas, donde continuaba el mismo ardor y el mismo entusiasmo. Todos, profesores y alumnos, mezclados con todos; se debatía, se comía (¡qué quesos, qué embutidos!), se oía música, se bebía, y allí no se acostaba nadie. O mejor, no se acostaba nadie con la misma pareja con la que había llegado, ni lo hacía desde luego en las horas previstas para el sueño. El ambiente preludiaba el afán juvenil por pasar toda la noche en vela que bastantes años más tarde cundió en Madrid y en el resto de las ciudades españolas, pero entonces, ver a todos aquellos jóvenes adueñados del casco antiguo de una ciudad como Cáceres, repleta de casas y palacios renacentistas, de una monumentalidad y belleza tan extraordinarias como inesperadas, volvía a suscitar en el visitante la sensación de lo raro, muy raro para tratarse de los años 80, más raro aún para tratarse de Extremadura.

Claro que ya en el siglo XVIII lo anunció el ilustrado Antonio Ponz que, en su ambicioso Viaje por España, sentenciaba después de recorrer la región: “las cosas de Extremadura son muy ignoradas”. Y así se entiende, por la inexplicable ignorancia hacia estas tierras de cerros azules, montes bajos y verdes dehesas, el tradicional olvido sufrido por la región. Hay palabras vinculadas a esta tierra que en el imaginario infantil de los años 50 y 60 tenían una resonancia inquietante y por momentos terrible. Era imposible no haber escuchado algo relacionado con la sangrienta represión en Badajoz durante la guerra del 36, o la sola mención de Las Hurdes suponía la evocación de la miseria, aunque también de un misterio porque, según el niño había oído referir, si el caminante o viajero preguntaba cómo llegar, la respuesta era: “Más adelante”, y cuando volvía a preguntar avanzados unos kilómetros, la respuesta era: “Las ha dejado atrás”, porque nadie quería pertenecer a esas tierras de hambre. También estaba el gracioso nombre de Las Batuecas, un lugar, junto con Babia, vedado para la imaginación infantil. O el de Alburquerque que no se sabe por qué sonaba a fortaleza pirata, o Viriato, el héroe entre los héroes, o alcornoque, la palabra que señala al árbol protagonista del campo extremeño junto a la encina y que aún hoy es sinónimo de zoquete. Pero todo eso pertenece ya a otras épocas. Hoy poca gente ignora que Extremadura es un privilegio y su deslumbrante patrimonio artístico ya está puesto en valor. Los extremeños son gente acogedora, hospitalaria y generosa, han llevado con serenidad su pasado y miran con la misma serenidad su futuro, lo que les permite no equivocarse o equivocarse poco. Poseen además la rara cualidad de la curiosidad. ¿O hay que recordar la impresionante nómina de conquistadores que partieron de estas tierras con el afán de encontrar otros mundos? Hermanos de nuestros admirados portugueses, poseen su mismo carácter atlántico, que les hace mirar al horizonte más que a sí mismos, y si entonces fue el afán de aventura lo que les lanzó al descubrimiento de otras tierras, hoy su afán les proyecta a subrayar otras aventuras culturales más allá de la propia.

Quería haber empezado este artículo hablando de una aventura cultural, la de los Premios Extremadura a la Creación, que conozco bien por pertenecer a uno de sus jurados desde hace años. Sin embargo, las digresiones en torno a los propios recuerdos vinculados a Extremadura han hecho que me quede poco espacio para valorarlos, aunque de las cosas bien hechas tampoco hace falta decir mucho: hablan por sí mismas. Este año se cumplen diez desde su creación y lo que sí creo que puede afirmarse es que estos premios pueden considerarse hoy como la moderna conquista cultural extremeña. Si lo que valora y legitima a un premio es su nómina de premiados, la sola mención de algunos de ellos da idea de la calidad de esa conquista. António Lobo Antunes, Juan Marsé, Rafael Sánchez Ferlosio Álvaro Siza, Gilberto Gil, Eugénio de Andrade, Ernesto Sábato, Juan Goytisolo, Eduardo Lourenço, Tomás Segovia, Alicia Alonso, Enrique Morente, la lista es larga e impecable. Nombres poco manoseados por campañas de promoción, nombres por tanto no previsibles en las nóminas de los variados premios del panorama nacional, pero nombres que escriben la historia de las letras y las artes. Lo mismo cabe decir de las modalidades referidas a los creadores de la región: su nómina muestra la sensibilidad y el paisaje intelectual de una tierra.

Feliz cumpleaños y feliz continuidad de estos premios, hoy somos nosotros, el resto de España, los que no podemos ignorarlos.

María Luisa Blanco, ha sido directora de, entre otros, los suplementos culturales de los diarios ABC y El País. Actualmente es directora de publicaciones del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.