TEXTO: Jesús Sánchez Adalid
Sabed señor clavero que me adelanté con mi hueste hasta el pie de la sierra donde se asienta la plaza de Trevejo, para cumplir con el mandato de nuestro señor el rey de Castilla, según carta enviada a nuestro sacro convento de San Benito, en la que mandaba que vos dispusierais lo más oportuno para tomar con eficacia el citado castillo, y ponerlo libre de las manos de fray Diego Bernal y su gente, quienes con tanta deslealtad a las sagradas leyes de nuestra santa orden de caballería y gran desobediencia a los mandatos de nuestro señor el Rey han desoído a los muchos mensajeros enviados con severas órdenes de entregar las rentas debidas de la dicha fortaleza y sus territorios.
Con esto, llevé conmigo quinientos hombres de Trujillo muy curtidos en guerras y prácticos en el asedio de fortalezas, así como a un considerable número de peones y gentes de estos campos que me resultaban muy útiles en cortar árboles y componer los aparatos necesarios para escalar las murallas; y con ellos y con más de un centenar de leales y aguerridos caballeros llegueme hasta la falda de la loma de Trevejo. Allí nos recibieron sin miramientos ni afán alguno de conversaciones y componendas, por mucho que mandé a unos mozos a que les llevaran una vez más vuestras órdenes y condiciones a fray Diego Bernal. No sólo no atendieron a mis recomendaciones, sino que nos despacharon con voces de agravio y una lluvia de piedras y saetas que nos obligó a poner tierra de por medio y guardar distancia entre los primeros muros y la pendiente, que es muy repentina.
Desde un llano incómodo, pedregoso y muy poblado de tupidos rebolledos, dispuse que se comenzaran los trabajos, sin que nos tomáramos descanso, turnándose los hombres día y noche para tener muy bien cercada la plaza y no darles oportunidad de salir a reunir provisiones ni intentar buscar socorro en las vecinas tierras del reino de León, según vos dispusisteis en vuestra carta, mi señor clavero: “Hágase todo con mucha premura y sin dar ocasión de que se aprovechen los enemigos de nuestro señor el rey de Castilla de esta deslealtad y traición grande a su corona…”.
Conocidas son en todos estos señoríos las desavenencias que existen entre vos, mi señor clavero, y fray Diego Bernal; por lo que muchos caballeros y señores vecinos andan divididos y dispuestos a tomar las armas a favor de una causa u otra, a más de los oportunistas y aprovechados que están mirando como buitres desde sus atalayas, a ver las tornas, para echarse hacia un lado u otro según les resulte más rentable; que ya venían de tiempos atrás los pleitos, nada menos que desde que les fueron tomados estos montes a los agarenos.
Mas no les dimos tiempo para que pudieran reunir partidarios y provisiones. Únicamente los habitantes de la zona se apresuraron a refugiarse en el castillo, aportando toda la comida que tenían en sus graneros y despensas, el ganado y los objetos valiosos; como también las armas; de manera que no hallamos en muchas leguas gentes ni alimentos ni pertrechos. Pero como resulta que el castillo de Trevejo no es muy grande, al cumplirse la primera semana todo ese gentío empezó a asfixiarse dentro, por ser el calor del verano muy grande, los muros altos y los espacios reducidos. Debió don Diego y sus leales barruntar que el asedio se presumía que fuera largo, así que echaron fuera una mañana a los campesinos y los pastores, los cuales corrieron ladera abajo gimiendo desconcertados, muertos de miedo, pues suponían que nuestros hombres se vengarían en ellos. Mas dispuse que se les dejase ir en paz, advirtiéndoles que en adelante aquello sería ya dominio de su legítimo dueño, nuestro señor el rey de Castilla y que todas las rentas debían ir al administrador natural de la plaza, que es el clavero de nuestra Orden de Alcántara. Vos, mi señor fray Alonso de Monroy.
Contándose ya nueve días de asedio desde nuestra llegada, mis astutos centinelas se percataron de que algunos jinetes habían corrido por unos derroteros entre guijarros, seguramente escapados del castillo por algún túnel o puerta secreta. Echados en persecución mis hombres a los bosques, dieron con un muchacho de poco más de quince años, cuyo caballo se había tronchado una pata a dos leguas del castillo, en las pasaderas que cruzaban un arroyo.
Preguntado allí mismo al mozo cuál era su misión y a quién iba a pedir socorro para los castellanos, pronto dijo que nada menos que al maestre Mayor de Alcántara.
Alentado por tal noticia y temiendo que se complicaran más las cosas, dispuse inmediatamente el asalto la plaza para esa misma noche. Y debió Nuestro Señor estar servido de ponerse a favor nuestro, pues no bien amanecía cuando los de dentro traicionaron a fray Diego Bernal y nos franquearon las puertas.
Señor, este castillo de Trevejo resulta formidable, todo él de oscura piedra; una fortaleza diferente, original, de gran personalidad. En su altísimo cerro que domina páramos, huertas, vides, barbechos y bosques. Es un lugar impregnado de recuerdos y de añeja soledad. Los paredones son recios, hechos de graníticos sillares de limpias aristas cuadrangulares. La torre principal es como un espectro estático que se recorta en las alturas, y el resto de los recintos se desparraman irregularmente hacia las laderas, donde se abren antiquísimas tumbas anónimas escavadas en la roca viva, en torno a una vieja iglesia. La aldea pequeña tiene hermosas casitas de piedra y forma un conjunto perfecto. Más abajo, sorteando un valle, que es como una hendidura en la sierra, contempla uno la nobilísima Villamiel que blanquea la falda de un monte frondoso. ¡Qué visión tan completa!
Ya sabía yo mi señor clavero que estas comarcas próximas a la episcopal Coria habían tenido una Reconquista singular, pero no pensaba que la cosa llegó a tanto. Confluyeron aquí las órdenes militares de una manera sorprendente, sobre todo en aquellas feroces guerras contra los sarracenos almorávides y almohades, como avanzadilla arriesgada en territorios que durante un largo periodo fueron “tierra de nadie”, en el peligroso juego de vaivenes, idas y venidas, pérdidas y recuperaciones que se daba entre moros y cristianos. Después de la derrota de Alarcos, posiblemente regresaron los agarenos a muchos de sus dominios en aquellos montes amparándose en el empuje almohade. Pero la conquista definitiva de Coria por Alfonso VII el Emperador, y la restauración de la sede episcopal establecieron ya aquí un bastión cristiano que vino a variar el curso de las cosas. Llegaron las órdenes militares: los poderosos Templarios de Alconétar para controlar el portazgo del imponente puente romano en la Vía de la Plata; los freires de San Julián del Pereiro a Alcántara, nuestros nobles y venerables predecesores; los Fratres de la Espada, que después serán los de Santiago, a diversos lugares y la orden del Hospital de Jerusalén que se asentaron aquí, en las alturas de Trevejo.
Si como mandáis señor tenéis resuelto alzar el cerco de la fortaleza de Trevejo, de tal manera que la gobernéis en tenencia pacíficamente hasta que nuestro señor el rey de Castilla resuelva lo más oportuno en los pleitos pendientes, mandaré soltar los presos que en guerra fueron cautivados y pondré con mi hueste rumbo a la Ciudad de Coria.
Nota a este relato
La alta nobleza española se enfrentó al rey de Castilla Enrique IV (1454-1474) porque dispuso que sus principales colaboradores fueran escogidos entre personas que no tenían gran relevancia social. Ante esto, apoyan a su hermanastro Alfonso en la farsa de Ávila en 1465. Entre tanto, se produjo la guerra civil de la Orden de Alcántara, cuando el Clavero don Alonso de Monroy, que había ayudado a Enrique IV en las luchas contra su hermanastro, decide ser el aspirante oficial al cargo de maestre de la citada orden. El otro aspirante era Juan de Zúñiga, hijo de los condes de Plasencia. En las luchas entre el Maestre de la Orden de Alcántara y el Clavero de la misma fue tomado el castillo de Trevejo por fray Alonso de Monroy cuando éste se escapó de su presidio en el convento de Alcántara, arrebatándosela a fray Diego Bernal, comendador de la Orden de San Juan.
Posteriormente tuvo que devolver la fortaleza al Maestre una vez que el Rey se reconcilió con sus adversarios. Pero cuando surgieron de nuevo los problemas entre el Rey don Enrique IV y un grupo de nobles (Conde de Plasencia, Duque de Medina), este monarca le dio instrucciones al Clavero fray Alonso de Monroy, el cinco de junio de 1465, para que le arrebatase la fortaleza a Diego Bernal. Cuando el Clavero recibió las instrucciones juntó gente de guerra muy experimentada y se fue contra la fortaleza la cual tomó en una sola noche mediante escalas. Con este episodio, que realmente duraría pocos años, fue cuando estuvo el castillo de Trevejo en manos de la Orden de Alcántara.
Jesús Sánchez Adalid
